sábado, 19 de junio de 2010

Temas del grupo N° 12




Grupo N° 12

Guía de análisis de la leyenda: El monte de las ánimas de Gustavo Adolfo Bécquer.

La recepción, compresión y expresión de textos orales:

  • Comprensión literal
  • Interpretación del significado.
  • Las respuestas.
  • Los niveles de un texto: el significado y el sentido.

Uso de las letras mayúsculas.

Leyendas de Bécquer.

La leyenda es otro género cultivado durante el romanticismo. En España, uno de los principales cultores de este género fue Gustavo Adolfo Bécquer. Algunas de sus famosas leyendas son El monte de las ánimas, Maese Pérez el organista, La corza blanca y El Cristo de la calavera.

˜ Resumen: El monte de las ánimas

I. La Noche de Difuntos, me despertó a no sé qué hora el doble de las campanas. Su tañido monótono y eterno me trajo a las mientes esta tradición que oí hace poco en Soria.

Intenté dormir de nuevo. ¡Imposible! Una vez aguijoneada la imaginación es un caballo que se desboca y al que no sirve tirarlo de la rienda. Por pasar el rato, me decidí a escribirla, como en efecto lo hice.

A las doce de la mañana, después de almorzar bien, y con un cigarro en la boca, no le hará mucho efecto a los lectores de El Contemporáneo. Yo la oí en el mismo lugar en que acaeció, y la he escrito volviendo algunas veces la cabeza con miedo cuando sentía crujir los cristales de mi balcón, estremecidos por el aire de la noche.

Sea de ello lo que quiera, allá va, como el caballo de copas.

▬ Atad los perros, haced la señal con las trompas para que se reúnan los cazadores y demos la vuelta a la ciudad. La noche se acerca, es día de Todos los Santos y estamos en el Monte de las Animas.

▬ ¡Tan pronto!

▬ A ser otro día, no dejara yo de concluir con ese rebaño de lobos que las nieves del Moncayo han arrojado de sus madrigueras, pero hoy es imposible. Dentro de poco sonará la oración en los Templarios, y las ánimas de los difuntos comenzarán a tañer su campana en la capilla del monte.

▬ ¡En esa capilla ruinosa! ¡Bah! ¿Quieres asustarme?

▬ No, hermosa prima. Tú ignoras cuanto sucede en este país, porque aún no hace un año que has venido a él desde muy lejos. Refrena tu yegua, yo también pondré la mía al paso, y mientras dure el camino te contaré esa historia.

Los pajes se reunieron en alegres y bulliciosos grupos. Los condes de Borges y de Alcudiel montaron en sus magníficos caballos, y todos juntos siguieron a sus hijos Beatriz y Alonso, que precedían a la comitiva a bastante distancia. Mientras duraba el camino, Alonso narró en estos términos la prometida historia:

▬ Ese monte que hoy llaman de Las ánimas pertenecía a los Templarios, cuyo convento ves allí, a la margen del río. Los Templarios eran guerreros y religiosos a la vez. Conquistada Soria a los árabes, el rey los hizo venir de lejanas tierras para defender la ciudad por la parte del puente, haciendo en ello notable agravio a sus nobles de Castilla, que así hubieran solos sabido defenderla como solos la conquistaron. Entre los caballeros de la nueva y poderosa Orden y los hidalgos de la ciudad fermentó por algunos años, y estalló al fin, un odio profundo. Los primeros tenían acotado ese monte, donde reservaban caza abundante para satisfacer sus necesidades y contribuir a sus placeres. Los segundos determinaron organizar una gran batida en el coto, a pesar de las severas prohibiciones de los clérigos con espuelas, como llamaban a sus enemigos. Cundió la voz del reto, y nada fue a parte a detener a los unos en su manía de cazar y a los otros en su empeño de estorbarlo. La proyectada expedición se llevó a cabo. No se acordaron de ella las fieras. Antes la tendrían presente tantas madres como arrastraron sendos lutos por sus hijos. Aquello no fue una cacería. Fue una batalla espantosa: el monte quedó sembrado de cadáveres. Los lobos, a quienes se quiso exterminar, tuvieron un sangriento festín. Por último, intervino la autoridad del rey: el monte, maldita ocasión de tantas desgracias, se declaró abandonado, y la capilla de los religiosos, situada en el mismo monte, y en cuyo atrio se enterraron juntos amigos y enemigos, comenzó a arruinarse. Desde entonces dicen que cuando llega la noche de difuntos se oye doblar sola la campana de la capilla, y que las ánimas de los muertos, envueltas en jirones de sus sudarios, corren como en una cacería fantástica por entre las breñas y los zarzales. Los ciervos braman espantados, los lobos aúllan, las culebras dan horrorosos silbidos. Y al otro día se han visto impresas en la nieve las huellas de los descarnados pies de los esqueletos. Por eso en Soria lo llamamos El Monte de las Animas, y por eso he querido salir de él antes que cierre la noche.

La relación de Alonso concluyó justamente cuando los dos jóvenes llegaban al extremo del puente que da paso a la ciudad por aquel lado. Allí esperaron al resto de la comitiva, la cual, después de incorporársele los dos jinetes, se perdió por entre las estrechas y oscuras calles de Soria.

II. Los servidores acababan de levantar los manteles; la alta chimenea gótica del palacio de los condes de Alcudiel despedía un vivo resplandor, iluminando algunos grupos de damas y caballeros que alrededor de la lumbre conversaban familiarmente, y el viento azotaba los emplomados vidrios de las ojivas del salón.

Sólo dos personas parecían ajenas a la conversación general: Beatriz y Alonso. Beatriz seguía con los ojos, y absorta en un vago pensamiento, los caprichos de la llama. Alonso miraba el reflejo de la hoguera chispear en las azules pupilas de Beatriz.

Ambos guardaban hacía rato un profundo silencio.

Las dueñas referían, a propósito de la noche de difuntos, cuentos tenebrosos, en que los espectros y los aparecidos representaban el principal papel; y las campanas de las iglesias de Soria doblaban a lo lejos con un tañido monótono y triste.

▬ Hermosa prima -exclamó, al fin, Alonso, rompiendo el largo silencio en que se encontraban-, pronto vamos a separarnos, tal vez para siempre; las áridas llanuras de Castilla, sus costumbres toscas y guerreras, sus hábitos sencillos y patriarcales, sé que no te gustan; te he oído suspirar varias veces, acaso por algún galán de tu lejano señorío-. Beatriz hizo un gesto de fría indiferencia: todo un carácter de mujer se reveló en aquella desdeñosa contracción de sus delgados labios.

▬ Tal vez por la pompa de la corte francesa, donde hasta aquí has vivido -se apresuró a añadir el joven-. De un modo o de otro, presiento que no tardaré en perderte... Al separarnos, quisiera que llevases una memoria mía... ¿Te acuerdas cuando fuimos al templo a dar gracias a Dios por haberte devuelto la salud que viniste a buscar a esta tierra? El joyel que sujetaba la pluma de mi gorra cautivó tu atención. ¡Qué hermoso estaría sujetando un velo sobre tu oscura cabellera! Ya ha prendido el de una desposada; mi padre se lo regaló a la que me dio el ser, y ella lo llevó al altar... ¿Lo quieres?

▬ No sé en el tuyo -contestó la hermosa-, pero en mi país una prenda recibida compromete una voluntad. Sólo en un día de ceremonia debe aceptarse un presente de manos de un deudo..., que aún puede ir a Roma sin volver con las manos vacías.

El acento helado con que Beatriz pronunció estas palabras turbó un momento al joven que, después de serenarse, dijo con tristeza:

▬ Lo sé, prima; pero hoy se celebran Todos los Santos y el tuyo entre todos; hoy es día de ceremonias y presentes. ¿Quieres aceptar el mío? -Beatriz se mordió ligeramente los labios y extendió la mano para tomar la joya, sin añadir una palabra.

Los dos jóvenes volvieron a quedarse en silencio, y volviose a oír la cascada voz de las viejas que hablaban de brujas y de trasgos, y el zumbido del aire que hacía crujir los vidrios de las ojivas, y el triste y monótono doblar de las campanas. Al cabo de algunos minutos, el interrumpido diálogo tornó a reanudarse de este modo:

▬ Y antes que concluya el día de Todos los Santos en que así como el tuyo se celebra el mío, y puedes, sin atar tu voluntad, dejarme un recuerdo, ¿no lo harás? -dijo él, clavando una mirada en la de su prima, que brilló como un relámpago, iluminada por un pensamiento diabólico:

▬ ¿Por qué no? -exclamó ésta, llevándose la mano al hombro derecho, como para buscar alguna cosa entre los pliegues de su ancha manga de terciopelo bordado de oro, y después, con una infantil expresión de sentimiento, añadió:

▬ ¿Te acuerdas de la banda azul que llevé hoy a la cacería, y que no sé qué emblema de su color me dijiste que era la divisa de tu alma?

▬ Sí.

▬ ¡Pues... se ha perdido! Se ha perdido, y pensaba dejártela como un recuerdo.

▬ ¡Se ha perdido! ¿Y dónde? -preguntó Alonso, incorporándose de su asiento y con una indescriptible expresión de temor y esperanza.

▬ No sé... En el monte acaso.

▬ ¡En el Monte de las Ánimas! -murmuró, palideciendo y dejándose caer sobre el sitial-. ¡En el Monte de las Ánimas! -luego prosiguió, con voz entrecortada y sorda-: Tú lo sabes, porque lo habrás oído mil veces. En la ciudad, en toda Castilla, me llaman el rey de los cazadores. No habiendo aún podido probar mis fuerzas en los combates, como mis ascendientes, he llevado a esta diversión, imagen de la guerra, todos los bríos de mi juventud, todo el ardor hereditario de mi raza. La alfombra que pisan tus pies son despojos de fieras que he muerto por mi mano. Yo conozco sus guaridas y sus costumbres, y he combatido con ellas de día y de noche, a pie y a caballo, solo y en batida, y nadie dirá que me ha visto huir del peligro en ninguna ocasión. Otra noche volaría por esa banda, y volaría gozoso como a una fiesta; y, sin embargo, esta noche..., ¿a qué ocultártelo?, tengo miedo. ¿Oyes? Las campanas doblan, la oración ha sonado en San Juan del Duero, las ánimas del monte comenzarán ahora a levantar sus amarillentos cráneos de entre las malezas que cubren sus fosas... ¡Las ánimas!, cuya sola vista puede helar de terror la sangre del más valiente, tornar sus cabellos blancos o arrebatarlo en el torbellino de su fantástica carrera como una hoja que arrastra el viento sin que se sepa adónde.

Mientras el joven hablaba, una sonrisa imperceptible se dibujó en los labios de Beatriz, que, cuando hubo concluido, exclamó en un tono indiferente y mientras atizaba el fuego del hogar, donde saltaba y crujía la leña, arrojando chispas de mil colores.

▬ ¡Oh! Eso, de ningún modo. ¡Qué locura! ¡Ir ahora al monte por semejante friolera! ¡Una noche tan oscura, noche de difuntos y cuajado el camino de lobos!

Al decir esta última frase la recargó de un modo tan especial, que Alonso no pudo menos de comprender toda su amarga ironía; movido como por un resorte se puso en pie, se pasó la mano por la frente, como para arrancarse el miedo que estaba en su cabeza y no en su corazón, y con voz firme exclamó, dirigiéndose a la hermosa, que estaba aún inclinada sobre el hogar, entreteniéndose en revolver el fuego:

▬ Adiós, Beatriz, adiós, Hasta pronto.

▬ ¡Alonso, Alonso! -dijo ésta, volviéndose con rapidez; pero cuando quiso o aparentó querer detenerlo, el joven había desaparecido.

A los pocos minutos se oyó el rumor de un caballo que se alejaba al galope. La hermosa, con una radiante expresión de orgullo satisfecho que coloreó sus mejillas, prestó oído a aquel rumor que se debilitaba, que se perdía, que se desvaneció por último.

Las viejas, en tanto, continuaban en sus cuentos de ánimas aparecidas; el aire zumbaba en los vidrios del balcón, y las campanas de la ciudad doblaban a lo lejos.

III. Había pasado una hora, dos, tres; la medianoche estaba a punto de sonar, cuando Beatriz se retiró a su oratorio. Alonso no volvía, no volvía, y, a querer, en menos de una hora pudiera haberlo hecho.

▬ ¡Habrá tenido miedo! -exclamó la joven, cerrando su libro de oraciones y encaminándose a su lecho, después de haber intentado inútilmente murmurar algunos de los rezos que la Iglesia consagra en el día de difuntos a los que ya no existen.

Después de haber apagado la lámpara y cruzado las dobles cortinas de seda, se durmió; se durmió con un sueño inquieto, ligero, nervioso. Las doce sonaron en el reloj del Postigo. Beatriz oyó entre sueños las vibraciones de las campanas, lentas, sordas, tristísimas, y entreabrió los ojos. Creía haber oído, a par de ellas, pronunciar su nombre; pero lejos, muy lejos, y por una voz ahogada y doliente. El viento gemía en los vidrios de la ventana.

▬ Será el viento -dijo, y poniéndose la mano sobre su corazón procuró tranquilizarse. Pero su corazón latía cada vez con más violencia, las puertas de alerce del oratorio habían crujido sobre sus goznes con chirrido agudo, prolongado y estridente. Primero unas y luego las otras más cercanas, todas las puertas que daban paso a su habitación iban sonando por su orden; éstas con un ruido sordo y grave, y aquellas con un lamento largo y crispador. Después, un silencio; un silencio lleno de rumores extraños, el silencio de la medianoche; lejanos ladridos de perros, voces confusas, palabras ininteligibles; ecos de pasos que van y vienen, crujir de ropas que arrastran, suspiros que se ahogan, respiraciones fatigosas, que casi se siente, estremecimientos involuntarios que anuncian la presencia de algo que no se ve y cuya aproximación se nota, no obstante, en la oscuridad.

Beatriz, inmóvil, temblorosa, adelantó la cabeza fuera de las cortinas y escuchó un momento. Oía mil ruidos diversos; se pasaba la mano por la frente, tornaba a escuchar; nada, silencio. Veía, con esa fosforescencia de la pupila en las crisis nerviosas, como bultos que se movían en todas las direcciones, y cuando dilatándolas las fijaba en un punto, nada; oscuridad de las sombras impenetrables.

▬ ¡Bah! -exclamó, volviendo a recostar su hermosa cabeza sobre la almohada de raso azul del lecho-. ¿Soy yo tan miedosa como esas pobres gentes cuyo corazón palpita de terror bajo una armadura al oír una conseja de aparecidos?

Y cerrando los ojos, intentó dormir... pero en vano había hecho un esfuerzo sobre sí misma. Pronto volvió a incorporarse, más pálida, más inquieta, más aterrada. Ya no era una ilusión: las colgaduras de brocado de la puerta habían rozado al separarse, y unas pisadas lentas sonaban sobre la alfombra; el rumor de aquellas pisadas era sordo, casi imperceptible, pero continuado, y a su compás se oía crujir una cosa como madera o hueso. Y se acercaban, se acercaban, y se movió el reclinatorio que estaba a la orilla de su lecho. Beatriz lanzó un grito agudo, y rebujándose en la ropa que la cubría, escondió la cabeza y contuvo el aliento. El aire azotaba los vidrios del balcón; el agua de la fuente lejana caía y caía con un rumor eterno y monótono; los ladridos de los perros se dilataban en las ráfagas de aire, y las campanas de la ciudad de Soria, unas cercas, y otras distantes, doblaban tristemente por las ánimas de los difuntos.

Así pasó una hora, dos, la noche, un siglo, porque la noche aquella pareció eterna a Beatriz. Al fin despuntó la aurora. Vuelta de su temor entreabrió los ojos a los primeros rayos de la luz. Después de una noche de insomnio y de terrores, ¡es tan hermosa la luz clara y blanca del día! Separó las cortinas de seda del lecho, tendió una mirada serena a su alrededor, y ya se disponía a reírse de sus temores pasados, cuando de repente un sudor frío cubrió su cuerpo, sus ojos se desencajaron y una palidez mortal descoloró sus mejillas: sobre el reclinatorio había visto, sangrienta y desgarrada, la banda azul que fue a buscar Alonso. Cuando sus servidores llegaron, despavoridos, a notificarle la muerte del primogénito de Alcudiel, que por la mañana había aparecido devorado por los lobos entre las malezas del Monte de las Animas, la encontraron inmóvil; asida con ambas manos a una de las columnas de ébano del lecho, desencajados los ojos, entreabierta la boca, blancos los labios, rígidos los miembros, muerta, ¡muerta de horror!

IV. Dicen que después de acaecido este suceso, un cazador extraviado que pasó la noche de Difuntos sin poder salir del Monte de las Animas, y que al otro día, antes de morir, pudo contar lo que viera, refirió cosas terribles. Entre otras, se asegura que vio a los esqueletos de los antiguos Templarios y de los nobles de Soria enterrados en el atrio de la capilla levantarse al punto de la oración con un estrépito horrible, y, caballeros sobre osamentas de corceles, perseguir como a una fiera a una mujer hermosa y pálida y desmelenada que, con los pies desnudos y sangrientos, y arrojando gritos de horror, daba vueltas alrededor de la tumba de Alonso.

martes, 25 de mayo de 2010

EL OFICIO Y EL MEMORÁNDUM

EL OFICIO
El oficio es "una comunicación escrita, referente a los asuntos del servicio público en las dependencias del Estado y por extensión la que media entre individuos de varias corporaciones particulares sobre asuntos concernientes a ellas".
Dentro de la amplitud que ofrece la exposición de las ideas, puede contener los más variados temas. Lo distingue la sobriedad en el estilo, lo cual se debe a que las comunicaciones oficiales pretenden regular el despacho de los asuntos del Estado en todos los casos que requieren constancia escrita.
Los elementos del OFICIO son:
1) MEMBRETE: nombre de la institución que gira al oficio.
2) CUADRO CLASIFICADOR: Datos de la clasificación para registro y archivo referentes a la oficina emisora que pueden ser los siguientes:
a) ASUNTO: Síntesis de las principales ideas contenidas en el texto.
b) MESA: La oficina que envía el oficio
c) NÚMERO: El número que se le designa al documento.
3.- DESTINATARIO. La persona o dependencia a quién nos dijimos, con sus datos de ubicación y puesto que desempeña.
4.- INTRODUCCIÓN
5.- TEXTO o DESARROLLO
6.- DESPEDIDA
7.- LUGAR Y FECHA
8.- LEMA: Leyenda que utiliza la dependencia (se escribe con mayúsculas y entrecomillado), por ejemplo. “PIENSA Y TRABAJA” “SUFRAGIO EFECTIVO, NO REELECCIÓN”
9.- ANTEFIRMA: es la anotación del nombre y cargo o categoría del firmante (se escribe con mayúsculas).
10.- FIRMA o RUBRICA: Es la palabra o letra manuscrita que nos identifica.
11.- REFERENCIAS FINALES: son las iniciales que anotamos como C.C.P. (copia carbón para), esto nos sirve para facilitar los datos de archivo o copias que se envían y a quien.
12.- INICIALES DE RESPONSABILIDAD

EL MEMORÁNDUM:
El Memorándum es un escrito que se utiliza esencialmente para auxiliar a la memoria como un apunte"; Es por tanto una nota o recado de carácter oficial.
Memorándum significa "lo que se debe recordar o tenerse en mente". Se destina su uso en la correspondencia a consignar las ideas que han de estar presentes en nuestra memoria cuando, regularmente los superiores, dan indicaciones por escrito, por lo cual es de carácter netamente interno de la empresa u oficina que lo envía.
La extensión del memorandum es de media carta (hay que recordar que es un recado y no una carta) y su estilo es sobrio en razón del propósito a que se destina.
La mayor parte de oficinas o empresas de importancia usan papel impreso, exclusivo para esta comunicación con el membrete y la palabra memorándum.
MEMORÁNDUM.
2) Los elementos del MEMORÁNDUM son:
1.- MEMBRETE. (Datos de la empresa o únicamente el nombre de memorándum)
2.- CUADRO CLASIFICADOR, asunto, fecha, mesa, etc. (datos de archivo) en la parte superior del lado derecho
3.- REMITENTE
4.- DESTINATARIO
5.- VOCATIVO o INTRODUCCIÓN
6.- TEXTO.
7.- DESPEDIDA.
8.- LUGAR Y FECHA
9.- FIRMA O RUBRICA
10.- ANTEFIRMA.
11.- PUESTO DE RESPONSABILIDAD
12.- REFERENCIAS FINALES
13.- INICIALES DE RESPONSABILIDAD
Estructura física de un MEMORÁNDUM.
SISTEMAS BANCOMER DE MÉXICO S.A.
MEMORANDUM
De: Jefe de personal ASUNTO Suspensión
Para: J. Benito Sánchez p. FECHA 5/07/04
Jefe del Dpto. de cheques
Por este conducto se le informa que el señor Enrique Cuesta Alvarado ha sido suspendido de sus labores a partir del presente y hasta el día 15 de Julio del 2004, esto en virtud de haber cometido faltas administrativas.
Agradeceremos a usted tomar las medidas necesarias para tal efecto, se despide de usted.
A T E N T A M E N T E
Guadalajara Jalisco, 5 de Julio del 2004
JESÚS ESPINOZA IGLESIAS
JEFE DE PERSONAL
C. c. P. Archivo
JEI/lea
4) EJERCICIOS DE APLICACIÓN Y REPASO:
Formule, un memorándum, con el siguiente asunto, completando los datos faltantes.
1.- El Jefe del Departamento Administrativo solicita al Jefe de la sección de Compras que adquiera el material de escritorio para uso de la oficina, durante el mes próximo.

Algunos temas del Grupo N° 10.

El contexto del romanticismo: el legado de la ilustración, la revolución francesa y la revolución industrial.

La Ilustración. Hubo en el siglo XVIII una tendencia en el pensamiento y la literatura, en Europa y en toda América, denominada Ilustración, y a tal siglo se le llamó el Siglo de las Luces. Se le llamó así porque consideraban, escritores y hombres de ciencia, que emergían de siglos de oscuridad e ignorancia, y llegaban a una nueva edad iluminada por la razón, la ciencia y el respeto a la humanidad. Y esto era así pues hasta ese momento prevalecían las ideas de la Biblia y del filósofo griego Aristóteles. Para el caso, Aristóteles, casi 20 siglos antes de la Ilustración, afirmó que la velocidad con la que caen los cuerpos es proporcional a su peso. Esta idea prevaleció sin que nadie se tomara la molestia de comprobarla; pero llegó Galileo Galilei. Este hombre de ciencia demostró que dos cuerpos de pesos diferentes caen con la misma velocidad si se les deja caer de la misma altura. También sostenía Aristóteles que los planetas giraban en torno de la Tierra, a lo que se opuso Galileo. Hoy sabemos que la Tierra y todos los planetas giran en torno del sol.

Descubrimientos como los anteriores le dan confianza a la ilustración, generándose una fe constante en el poder de la razón humana. Pero el impulso mayor le llegó con la exposición de la teoría de la gravitación universal de Isaac Newton. Pensaron los de la Ilustración que si la humanidad podía resolver las leyes del universo, las propias leyes de Dios, el camino estaba abierto para descubrir también las leyes que subyacen al conjunto de la naturaleza y la sociedad. Se llegó a asumir que mediante un uso juicioso de la razón, un progreso ilimitado sería posible (progreso en conocimientos, en logros técnicos y sus consecuencias también en valores morales). Se otorgó un gran valor al descubrimiento de la verdad a través de la observación de la naturaleza, más que mediante el estudio de las fuentes autorizadas, como Aristóteles y la Biblia. Aunque veían a la Iglesia (especialmente la Iglesia Católica) como la principal fuerza que había esclavizado la inteligencia humana en el pasado, la mayoría de los pensadores de la Ilustración no renunció del todo a la religión. Optaron más por una forma de deísmo, aceptando la existencia de Dios y de la otra vida, pero rechazando las complejidades de la teología cristiana.

Vista así las cosas, parecía que la humanidad se encarrilaba en el predominio de la razón, pero a finales del siglo XVIII surgieron algunos cambios en el pensamiento de la Ilustración. Bajo la influencia de Rousseau, el sentimiento y la emoción llegaron a ser tan respetables como la razón. Comienza a nacer así el romanticismo. Puede considerarse, entonces, que el romanticismo es un legado de la Ilustración.

El romanticismo. Quizás el alumno al escuchar la palabra romanticismo se traslade a una relación sublime (sentimental) entre un hombre y una mujer; una relación de amor profundo, de besos, flores y otros detalles que arrancan suspiros a los enamorados. En realidad el movimiento literario denominado romanticismo va más allá de estas ideas. Este movimiento (que dominó la literatura europea de finales del siglo XVIII hasta mediados del XIX) se caracterizó por su entrega al sentimiento, la emoción la imaginación y la subjetividad, su libertad de pensamiento y expresión y su idealización de la naturaleza. El término romántico se empleó por primera vez en Inglaterra en el siglo XVII con el significado original de semejante al romance, con el fin de denigrar los elementos fantásticos de la novela de caballerías muy en boga en la época.

El término subjetividad es de tenerlo muy en cuenta, ya que en la literatura romántica predomina la imaginación sobre la razón, la emoción sobre la lógica y la intuición sobre la ciencia. Esto propicia el desarrollo de una vasta literatura de notable sensibilidad y pasión que antepone el contenido a la forma, estimula el desarrollo de tramas rápidas y complejas y se presta a la fusión de géneros (la tragicomedia y la mezcla de lo grotesco y lo sublime), al tiempo que permite una mayor libertad estilística.

La Revolución Industrial. La Revolución Industrial surge en Inglaterra a finales del siglo XVIII, con la invención de la máquina de vapor, de James Watt. Con la Revolución Industrial se da la transición desde una economía agrícola tradicional hacia una economía caracterizada por procesos de producción mecanizados para fabricar bienes a gran escala. Surge así un mercantilismo feroz por el aumento de los productos manufacturados, lo que genera grandes cambios sociales. Para el caso, se genera una mayor urbanización y, por lo tanto, procesos migratorios desde las zonas rurales a las zonas urbanas. Hay cambios en las condiciones de vida y laborales y en los valores sociales. Al principio se reduce el poder adquisitivo de los trabajadores y una pérdida de calidad en su nivel de vida. Más tarde, se tradujo en un aumento de la calidad de vida de toda la población del país industrializado.

También influyen en el romanticismo los escritores. En la década de 1770 los escritores asumieron temas políticos y económicos, criticando aspectos que les parecían injustos.

La Revolución Francesa. Las influencias del ilustrismo se ponen de manifiesto en la Revolución Francesa. Esta fue un proceso social y político acaecido en Francia entre 1789 y 1799, cuyas principales consecuencias fueron el derrocamiento de Luis XVI, perteneciente a la casa real de los Borbones, la abolición de la monarquía en Francia y la proclamación de la I República, con lo que se pudo poner fin al antiguo régimen en ese país. Aunque las causas que generaron la revolución fueron diversas y complejas, éstas son algunas de las más influyentes: la incapacidad de las clases gobernantes (nobleza, clero y burguesía) para hacer frente a los problemas de Estado, la indecisión de la monarquía, los excesivos impuestos que recaían sobre el campesinado, el empobrecimiento de los trabajadores, la agitación intelectual alentada por el Siglo de las Luces y el ejemplo de la guerra de la independencia estadounidense.

Luis XVI, el rey de Francia, al iniciarse la revolución, y casado con la impopular María Antonieta, al asumir el poder encuentra una Francia empobrecida y endeudada, y los elevados impuestos habían extendido la miseria entre el pueblo francés. Inmediatamente después de su coronación, redujo algunas de las contribuciones más gravosas y modificó el sistema financiero y judicial. No obstante, la nobleza y la corte le impidieron llevar a cabo reformas más amplias. Aunque se hicieron intentos por mejorar la condición económica del país, el pueblo francés continuó indignándose por la carga impositiva a la que se le sometía para sostener el despilfarro cortesano. El 14 de julio de 1789 el pueblo parisino asaltó La Bastilla y retuvo a la familia real en el palacio de las Tullerías. Los monarcas, junto con sus hijos, intentaron huir a Austria en junio de 1790, pero fueron capturados y enviados a París. En 1792 la Convención Nacional, la asamblea de diputados francesa, proclamó la República, juzgó al rey acusándole del cargo de traición y fue condenado a la guillotina. Su esposa, María Antonieta, que no contaba con el favor de los franceses por ser extranjera, murió también en la guillotina el 16 de octubre del año siguiente.

La Revolución Francesa ejerce gran influencia en el desarrollo del romanticismo. Cambiaron los sentimientos después de tantas convulsiones. Surge un interés por las antigüedades nacionales y por la poesía popular. Los escritores ya no pertenecían exclusivamente a la clase alta, sino más bien a la media, inclusive a la clase baja. De aquí que buscasen darse abiertamente al pueblo; pues consideraban las letras como provenientes del pueblo y destinadas a él.

La literatura del romanticismo

Los grandes temas románticos. En el romanticismo se tratan diversos temas, con menor o mayor intensidad, dependiendo del autor. Aquí hablaremos de cuatro temas: la libertad, exploración de la subjetividad, lo exótico y lo sobrenatural.

4 La libertad. La libertad, si bien es un tema tratado por diversos autores en diversos tiempos, en el romanticismo el tema surge por los movimientos libertarios y abolicionistas de finales del siglo XVIII y principios del XIX. La política y los temas sociales fueron claves en la poesía y la prosa románticas en todo el mundo occidental, y fructificaron en documentos humanos, notables por su vigor y su vigencia en el mundo actual. En Guillermo Tell (1804), del alemán Friedrich von Schiller, un oscuro montañés medieval se convierte en símbolo inmortal de la lucha contra la tiranía y el gobierno extranjero. En la novela Los novios (1827), del italiano Alessandro Manzoni, una pareja de campesinos derrota finalmente al feudalismo en el norte de Italia.

Lord Byron y Percy Bysshe Shelley protestaron airadamente contra los males políticos y sociales de la época y defendieron la causa de la libertad en Italia y Grecia. El poeta ruso Alexandr Serguéievich Pushkin, alcanzó la fama con su Oda a la libertad y, como muchos autores románticos fue perseguido por subversión política, y condenado al exilio.

Rousseau había afirmado que las personas nacen libres, pero la civilización las encadena. Este sentimiento de opresión se expresó con frecuencia en la poesía, como revela la obra del visionario inglés William Blake, quien en su poema Milton habla de los "oscuros molinos satánicos" que comenzaban a desfigurar la campiña inglesa.

4 La exploración de la subjetividad. La subjetividad es una apreciación de la realidad muy particular, a veces carente de razón. En la literatura romántica se advierte un punto de vista muy particular del autor. Estos hablan algunas veces de sí mismos muy abiertamente, ya sea en primera persona o encarnándose en un personaje. Así lo hizo Goethe en su novela Werther. En otras ocasiones dejan escapar el subjetivismo expresando sus sentimientos y sus experiencias, como si tal cosa fuese lo más importante del mundo y de la sociedad. Antes del Romanticismo los escritores no expresaban abiertamente su vida íntima; pero en este movimiento se muestran al público tal como son.

4 El gusto por lo exótico. En el romanticismo, los escritores románticos amplían sus horizontes en el espacio y en el tiempo. Fijan su mirada en la Edad Media, buscando temas y escenarios de mucha atracción por su exotismo. Ambientan sus obras en lugares como las Hébridas de la tradición osiánica o el Xanadú oriental evocado por Colerigde en su inacabado Kubla Jan (1797). Una obra decisiva fue la recopilación de antiguas baladas inglesas y escocesas realizada por Percy Thomas. Sus Reliquias de poesía inglesa antigua (1765) ejercieron una influencia notable, tanto formal como temática, en la poesía romántica posterior. La nostalgia por el pasado gótico se funde con la tendencia a la melancolía y genera una especial atracción hacia las ruinas, los cementerios y lo sobrenatural.

4 El gusto por lo sobrenatural. En el romanticismo se trata temas sobrenaturales, es decir temas en los que prevalece lo inexplicable, lo irracional. Esta tendencia se vio reforzada por la desilusión con el racionalismo del siglo XVIII, Siglo de las Luces. También por la recuperación de una abundante cantidad de literatura antigua (cuentos populares y baladas) realizada por Percy y los eruditos alemanes Jacob y Wilhelm Karl Grimm y el escritor danés Hans Christian Andersen, creador de El patito feo y El soldadito de plomo. También el español Gustavo Adolfo Bécquer dio su aporte, que tanto influyó en los poetas hispanoamericanos.